Polvo de angel

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Una señora muy sabia me dio regalo muy valioso. Una tarde que llegué a su casa muy deprimida a contarle mis tragedias (tragedias de jovencita inexperta que cree que la vida se acaba por una pena de amor) me invitó a un pequeño patio en la parte posterior de su también pequeña casa. Me sacó un banquito de madera y me sentó frente a una repisa donde tenía varias macetas con violetas de diferentes colores.

Comenzó a describir la primera. Habló de sus hojas tersas y aterciopeladas, de los bodes lisos comparadas a la hoja de la siguiente planta que parecían recortadas con tijeras de zigzag y me hizo notar el verde gris comparado con otras de verdes oscuros, con lo que valoré la diversidad de verdes en aquellas macetas.  Arrancó una hoja que comenzaba a secarse y me pidió tocar el tallo suave y húmedo, sentí que si lo oprimía soltaría un gran chorro de agua. Me invito a acariciar la superficie peludita y tierna de otra hoja y luego acercó una maceta: tenía un manojo de violetas, veinte o treinta flores cuyas corolas eran un poco más grandes que una moneda de diez pesos. Eran blancas con un filo color morado obispo que rodeaba cada pétalo. Eran perfectas.

Luego en la repisa vi flores moradas completas, unas rosas y unas casi rojas, y en esos colores, muchas, en diferentes tonos diseños y texturas. Había pétalos lisos, otras parecían dobles y  otras con chinitos en las orillas. Unas más pequeñas que otras y muchas con botones que prometían reventar pronto en hermosas flores.

Después de un rato de observación la señora me dijo que eso no era todo. Me acercó a una de las macetas que recibía un rayo de sol. Sorprendida distinguí destellos brillantes en los pétalos lilas de aquella planta, como una finísima diamantina. La señora me dijo, están cubiertas de polvo de ángel, el mismo que se mete en el alma de quien logra observarlo. Es alimento de las flores, por ello, las flores son alimento del alma.

Hoy, a mis cincuenta, no sé si sea polvo de ángel, lo que sí sé es que el observar las flores se ha convertido en alimento de mi alma y antídoto contra cualquier pena.

Icela Lightbourn

Cocoyoc, Morelos

Octubre 2010

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